El 11 de enero de 1905, Yahualica vio nacer a un niño que no solo pulsaría las cuerdas de un instrumento, sino el alma de una nación.
Higinio Ruvalcaba Romero, demostró ser un niño diferente, prodigioso, que a los cuatro años ya dominaba el violín y a los cinco debutaba en el majestuoso Teatro Degollado de Guadalajara, dejó un legado que hoy, a décadas de su partida, sigue resonando entre la gloria artística y el desdén institucional.
La trayectoria de Ruvalcaba es un relato de ascenso meteórico. Sus padres Eusebio Ruvalcaba López y Basilia Romero Gómez le apoyaron desde pequeño, pero al poco tiempo su capacidad de aprendizaje en el instrumento musical rebasó a la localidad.
Hecho de madera y carrizos, el niño Higinio fabricó su propio violín a la edad de cuatro años. Su padre, que había sido violonchelista de la banda de Yahualica, su pueblo jalisciense natal, le dio sus primeras lecciones de música. Poco tiempo después, ya en Guadalajara, su padrino Atilano González, músico de mariachi, le compró un violín y sin que nadie le dijera cómo, el niño imitaba las melodías que iba escuchando, ’con tanta facilidad que les improvisaba diminutas cadencias al tiempo que aumentaba su dificultad’.
El pequeño empezó a trabajar con un mariachi, donde llamaba la atención que tocara con la zurda y que tuviera tan corta edad, por lo que recibió el mote de ’El Niño’.
Fue entonces cuando el violinista y maestro Federico Alatorre convenció a don Eusebio de retirar al niño del mariachi para inscribirlo en su modesta escuela, ámbito en donde las obras de Beethoven, Haydn, Mozart y todos los grandes compositores entraron en su vida y se quedaron para siempre.
Su primer profesor formal, Ignacio Camarena, lo corrigió y lo obligó a tocar ’como debía ser’: con la mano derecha. Al respecto, el violinista decía: ’a veces pienso que si me hubieran dejado seguir tocando como zurdo hubiera sido una notabilidad’
Fue bajo la tutela de Félix Peredo y más tarde en el Conservatorio Nacional de Música de la Ciudad de México que el jalisciense demostró una intuición musical que rayaba en lo sobrenatural.
Su talento lo llevó a ocupar la silla de violín concertino en la Orquesta Sinfónica Nacional y a integrarse al legendario Cuarteto Lener, uno de los conjuntos de cámara más prestigiosos del mundo, donde su ejecución dejó atónitos a directores de la talla de Eric Kleiber.
Ruvalcaba no solo fue un intérprete; fue un creador prolífico. Su catálogo incluye desde 22 cuartetos para cuerdas hasta piezas de corte romántico como ’Juventud’ y ’Felicidad’, muchas de ellas inspiradas o interpretadas junto a su esposa, la pianista Carmen Castillo Betancourt, con quien formó un binomio artístico inseparable.
Pocos saben que la magia sonora de la Época de Oro del cine mexicano le debe mucho a su arco. Ruvalcaba prestó su genio para musicalizar diversas cintas, pero su aportación más icónica ocurrió detrás de cámaras en la película "Sobre las olas" (1950). En esta cinta, mientras Pedro Infante inmortalizaba en pantalla al compositor Juventino Rosas, era la técnica y el sentimiento de Ruvalcaba lo que dotaba de realismo y maestría las ejecuciones musicales, tendiendo un puente entre dos de los más grandes músicos populares de la historia.

Compuso varias melodías de corte popular: Morena mía, Ángela, Felicidad, Josefina, Martha, Ceci, Carmen, Lucy, Esquiva, entre otras, así como doce piezas de foxtrot: Chapultepec, Juventud, Allá en el cabaret, Pretty girl, entre otras.
En su calidad de director de varios cuartetos en los que participó, estuvo al frente de la Sinfónica de Puebla y de la Filarmónica de México. Asimismo, fue violinista director de huésped de la Sinfónica de Guadalajara.
A pesar de los homenajes en el Palacio de Bellas Artes tras su muerte, cuatro días después de cumplir los 71 años, el 15 de enero de 1976, quedó una nota discordante en su historia.
El maestro Higinio Ruvalcaba se casó varias veces, su primer matrimonio de corta duración fue con Sabina Saucedo con quien procreó a su hija Josefina.
A los 23 años contrajo nupcias con Ángela Silva Bishop y tuvieron cuatro hijos: Higinio, Enriqueta y Francisco. Su tercer matrimonio se dio con la pianista Carmela Castillo Betancourt y sus hijos fueron Carmela, Eusebio y Cecilia.
Siempre llevó a Jalisco en la memoria y en la música. Su deseo final fue claro: descansar en su natal Yahualica.
Hoy, ese anhelo de volver a "su tierra" permanece incumplido. Mientras sus restos descansan lejos del suelo que lo vio nacer, la sociedad civil y los conocedores de su obra lamentan que las autoridades no hayan gestionado el traslado administrativo y físico de sus restos.
Higinio Ruvalcaba Romero, fue el hombre que hizo hablar al violín, el genio que convivió con los grandes de su tiempo y que regaló a México una identidad sonora universal. Sin embargo, el Estado tiene una deuda pendiente con el hombre y el artista: permitirle, finalmente, volver a su tierra natal, a su casa donde deba descansar en paz.