El Tijeretazo Político
Joaquín Bojorges
El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, no fue solo un crimen político: fue una fractura pública. Una herida abierta que dejó al descubierto el colapso de las garantías mínimas de seguridad en Michoacán y el agotamiento de la narrativa oficial sobre gobernabilidad, transformación y paz.
Manzo fue ejecutado en plena celebración del Día de Muertos, frente a ciudadanos, escoltas y autoridades. Su muerte no solo estremeció a Uruapan, sino que encendió una mecha que ya ardía bajo la superficie: el hartazgo social ante un gobierno que promete protección pero entrega silencio, que presume coordinación pero cosecha impunidad.
Durante su funeral, el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla fue expulsado entre gritos de ’¡Fuera, asesino!’, en una escena que sintetiza el divorcio entre el poder y el pueblo. No fue un acto aislado: fue el eco de una indignación que se multiplica.
Las calles de Michoacán se llenaron de protestas, bloqueos y paros. Transportistas, campesinos, ciudadanos comunes salieron a exigir lo que el Estado no garantiza: seguridad, justicia, dignidad. El Palacio de Gobierno fue vandalizado, no por delincuentes, sino por una ciudadanía que ya no encuentra canales institucionales para expresar su dolor.
Este episodio es también un golpe directo a la estrategia de seguridad nacional. Omar García Harfuch, recién nombrado secretario de Seguridad federal, enfrenta su primera gran prueba: un crimen político de alto perfil, en un estado clave, con implicaciones que trascienden lo local. Su respuesta, hasta ahora, ha sido tibia: ’Ya ubicamos el sitio del crimen, no descartamos ninguna línea’. Pero el país exige más que ubicaciones: exige resultados.
Para Morena, el caso Manzo es otro clavo en el ataúd de su credibilidad. Una raya más al tigre de un gobierno que se dice del pueblo, pero que cada vez parece más ajeno a él. La narrativa de transformación se desmorona cuando los alcaldes son asesinados, los gobernadores son expulsados de funerales, y los ciudadanos deben tomar las calles para ser escuchados.
Michoacán no es un caso aislado. Es un espejo. Un síntoma. Un grito. Y si el gobierno no lo escucha, será también el presagio de lo que viene.