EL GÉNERO SOMOS TODOS

Masculinidad: Los hombres también sienten

Ana Celia Montes Vázquez

Masculinidad: Los hombres también sienten

Salud

Enero 07, 2019 20:46 hrs.
Salud Nacional › México Ciudad de México
Ana Celia Montes Vázquez › Informativo Nacional

Sin duda, para abordar y presumir una efectiva equidad de género es necesario hablar de los hombres; esos seres catalogados como los villanos de la historia y que a veces son bien parecidos y de pelo en pecho, pero que tampoco han sido lo suficientemente ponderados en su papel de seres humanos con derechos. Por ello, rompiendo con lo establecido de dar voz a las mujeres, y a riesgo de ser linchada por algunas feministas, pretendo iniciar una serie de reflexiones sobre la situación de mujeres y hombres a partir de los invisibles y minimizados derechos masculinos.

Tal y como existe toda una serie de requerimientos y construcciones culturales sobre lo que es ser mujer, también la hay para lo que significa ser hombre; es decir, qué es la masculinidad. El no llorar y evidenciar los sentimientos; el ser ante todo y sobre todo el proveedor y protector de la familia; el aguantar los dolores y no demostrar cansancio, enfermedad ni debilidad física; ser el fuerte, exitoso, quien manda y tiene la decisión es, en términos generales, lo que constituye la masculinidad, el ser un hombre en toda la extensión de la palabra. Y de nuevo, tal y como sucedió en el caso de las mujeres, esta concepción tiene como origen la distribución de actividades para la supervivencia en el inicio de los tiempos; es decir, en tanto las unas estaban embarazadas y recluidas en el ámbito doméstico, los otros debieron salir a buscar el sustento arriesgando la vida en ello.

Por eso hasta la fecha se dice que el hombre por naturaleza es cazador, aventurero y valiente, y es quien debe arriesgarse en el mundo exterior, incluso ser quien tome la iniciativa en lo amoroso, so pena de ser castrado simbólicamente con las consecuencias del caso.

Resulta un hecho objetivo el que la masculinidad también está en función de los roles asignados y asumidos en lo social a lo largo de la historia de la humanidad y en este caso, además de todo lo arriba enunciado, una característica fundamental de la hombría radica en lo sexual: El hombre es un ser sexual de tiempo completo, con necesidades fisiológicas que cubrir, por lo que no le basta una sola mujer y debe regar su simiente en cuanto cuerpo femenino pueda sin dejar de ser el proveedor, el fuerte y el exitoso, porque el poder y el dinero también forman parte de su atractivo y dominación sexuales.

Para que estas ideas perduren hasta el día de hoy, es claro que existen aspectos históricos de la construcción de género y simbolismos insoslayables para la definición de la masculinidad y de la feminidad. En primer lugar, la relación demoniaco-sexo- mujer en contraposición con divino-creador-hombre planteado desde la Biblia, en donde se consigna que un Dios masculino creó al varón para que gobernara la Tierra, impartiera justicia y dispusiera de sus recursos, incluyendo a la mujer, para lo que fue creada de una costilla masculina. Y en disponer de lo femenino está la cuestión sexual; sin embargo, ese goce sensual y físico también representó --como lo representa ahora-- la fuente de la perdición, por lo que se ha categorizado lo femenino y todo lo del cuerpo femenino a partir de simbolismos con connotación negativa y calamitosa; toda una amenaza para la integridad varonil, la humanidad, el bien y la moral y muy buena razón de ser de todas las religiones para legitimarse en su ’lucha’ por controlar ese mal.

Sin embargo, hoy en día este concepto de masculinidad omnipotente también debe soportar el juicio de la historia y el cuestionamiento sobre su permanencia. La globalización económica mundial ha tenido como consecuencias una precariedad universal (pobreza), y el consiguiente replanteamiento de las relaciones familiares y del papel de los géneros, sobre todo el femenino, porque como la sexualidad, aquí y ahora en pleno siglo XXI, ya no sólo es factor para la reproducción sino que constituye un estilo de vida, de realización personal y de nuevas relaciones amorosas, así que el homosexualismo femenino y masculino son más aceptados socialmente, y hay quien decide vivir en soledad o en uniones libres de los lineamientos morales, eclesiásticos y legales, sin necesidad ni deseo de tener hijos.

Así pues, en toda esa construcción simbólica socio-cultural los propios hombres quedaron atrapados, pues resulta que, habiéndoseles despojado de su papel de proveedores económicos y de la figura fuerte, se encuentran en una situación de mucha presión social al limitárseles las oportunidades para demostrar su hombría, amén de que cada vez la mujer conquista espacios laborales y dispone de recursos económicos para decidir su vida con autonomía. Y no sólo eso, los hombres de verdad han padecido esa presión, sobre todo en lo sexual, pues resulta muy demandante cumplir con la exigencia social –incluso de las propias mujeres-- de ser cumplidor en la cama, aunque sea irresponsable e irreflexivo.


Y es precisamente en este punto en donde me hago las siguientes reflexiones:
¿Sólo las mujeres somos las únicas débiles e indefensas? ¿O debemos serlo por conveniencia, sobre todo propia? ¿Es el femenino el único género que requiere atención? ¿Acaso los varones deben ser estigmatizados y no ser tomados en cuenta en sus necesidades emocionales? ¿Cómo pretendemos, pues, las mujeres lograr la libertad y la equidad? Tanto que se ha pregonado, sobre todo por los grupos feministas, que deben existir la igualdad y el reconocimiento y no se ha pensado en que el masculino también es género y tiene derechos, sobre todo a la reivindicación de sus sentimientos y emociones, de tal forma que del mismo modo se le libere de todas esas presiones para que sea una especie de víctima malvada de la historia.

Concretando, la construcción de una ética de la diferencia sexual debe incluir lo masculino y lo femenino para plantear esquemas de verdadera equidad de género sin exclusión ni marginación por cuestiones biológicas, sexuales, culturales y económicas, así como de reconocimiento pleno de los derechos humanos universales. Todo esto en virtud de que existe la necesidad de democratiza la sociedad, y acceder al conocimiento, así como a un mejor nivel de vida con calidad, insisto, a partir de democratizar las relaciones humanas y la equidad de género reconociendo los derechos de todo ser humano, más allá de estigmatizaciones, presiones tradicionalistas y, sobre todo y ante todo, de actitudes revanchistas.


Foto tomada de internet con fines ilustrativos

Ver más


Escríbe al autor

Escribe un comentario directo al autor