El Tijeretazo Político.
Joaquín Bojorges
En 2027, México vivirá una jornada electoral inédita. Las boletas que recibirá la ciudadanía no solo servirán para elegir diputados federales y gobernadores en 17 estados, sino que podrían incluir una consulta de revocación de mandato presidencial. Este hecho, de concretarse, marcaría un hito en la historia política nacional: por primera vez, una presidenta en funciones estaría sujeta a la voluntad popular en medio de elecciones intermedias.
La coincidencia de procesos plantea oportunidades y riesgos. Por un lado, la simultaneidad puede fortalecer la participación ciudadana, pues millones acudirán a las urnas con la posibilidad de decidir tanto el rumbo legislativo como la continuidad del Ejecutivo. Por otro lado muchos coinciden en señalar que ingresar a la Presidenta en la boleta de 2027 sin reelegirla pero con la revocación de mandato. Reformar la Constitución para que ese mismo día en que eliges diputados y alcaldes, también ’decidas’ si continúa el proyecto presidencial. Eso no es casualidad.
¿Por qué hacerlo? Porque las intermedias castigan. Porque ahí se pierden mayorías. Y porque, jurídicamente, poner a la Presidenta en la boleta arrastra votos, ordena filas y convierte una elección legislativa en un acto de lealtad política. Ya no votas por tu diputado: votas a favor o en contra del poder. La revocación deja de ser control ciudadano y se vuelve herramienta de campaña constitucional.
Ppdemos atrvernos a concluir que se trata de un ejercicio que, en teoría, profundiza la democracia y otorga al pueblo un poder directo sobre la conducción del país.
Sin embargo, no podemos ignorar los peligros. La multiplicidad de boletas puede generar confusión en el electorado y abrir la puerta a campañas cruzadas, donde los partidos aprovechen la revocación para polarizar aún más el ambiente político. La pregunta sobre la permanencia de la presidenta podría eclipsar los debates locales y legislativos, reduciendo la riqueza democrática a un plebiscito sobre una sola figura.
La democracia mexicana enfrenta así un dilema: ¿cómo garantizar que las boletas de 2027 sean un instrumento de pluralidad y no de confrontación? La respuesta está en la pedagogía cívica. Explicar con claridad qué significa cada boleta, cuál es su alcance y cómo se relaciona con la vida cotidiana de la ciudadanía será fundamental para evitar la confusión y el desencanto.
Más allá de la técnica electoral, lo que está en juego es la confianza en las instituciones. Si las boletas de 2027 logran ser un puente hacia una participación informada y responsable, México habrá dado un paso firme hacia la consolidación democrática. Si, en cambio, se convierten en un campo de batalla de narrativas simplistas, el riesgo será profundizar la división social.
¿Y qué se pierde? Se pierde la frontera entre control y propaganda, entre equilibrio y arrastre, entre democracia y plebiscito inducido. Se pierde la elección libre de contrapesos. Cuando cambias las reglas para que el Ejecutivo esté presente en la boleta, aunque sea disfrazado de ’consulta’, el mensaje es claro: el poder no se somete al voto, lo captura. Y eso, en cualquier democracia seria, es una línea roja.
La boleta es más que un papel: es un símbolo de soberanía. En 2027, ese símbolo tendrá un peso histórico. Dependerá de todos —instituciones, partidos, medios y ciudadanía— que no se convierta en un arma de polarización, sino en un instrumento de unidad y decisión colectiva.