El Tijeretazo Político
Joaquín Bojorges
En un país con más de 100 mil personas desaparecidas, el dolor exige respuestas. Pero cuando la tecnología se presenta como bálsamo universal, conviene mirar dos veces. Así ocurre con el llamado ’CURP biométrico’, convertido en documento de identificación nacional por decreto del gobierno federal.
La narrativa oficial lo pinta como un instrumento para facilitar trámites, localizar desaparecidos y depurar padrones. Sin embargo, detrás del brillo digital se esconde una arquitectura de vigilancia que amenaza con reducir la ciudadanía a un dato rastreable. No es casual: en regímenes con tentaciones autoritarias, la identidad se convierte en control, no en derecho.
Este nuevo CURP concentrará huellas, rostro, iris, firma y domicilio de millones de personas en una base de datos centralizada. Será obligatorio para acceder a salud, educación, servicios bancarios y apoyos sociales. En otras palabras, quien no ’se registre’ queda fuera del Estado. Es la línea fina entre inclusión y coacción.
Aunado a ello, el padrón del INE pierde fuerza simbólica y funcional. Si el CURP biométrico lo sustituye de facto, se corre el riesgo de socavar una de las pocas instituciones autónomas que garantizan el acceso libre al voto. En este tablero, no se trata solo de administración, sino de democracia.
La tecnología, como el poder, no es buena ni mala: depende de quién la usa y para qué. ¿Está el gobierno actual dispuesto a rendir cuentas sobre cómo resguardará esta base de datos? ¿Qué garantías ofrece frente a su posible uso político? ¿Quién audita a los auditores?
No basta con promesas. Se requiere una ley de protección de datos robusta, vigilancia ciudadana activa y contrapesos reales. De lo contrario, estaremos entregando nuestras huellas al Leviatán con la esperanza de que este no apriete demasiado.
Porque cuando el Estado te conoce más que tú a ti mismo, no hay espejo que devuelva la libertad.