Bajo la sombra de una conectividad tecnológica sin precedentes, la sociedad contemporánea se enfrenta a una paradoja devastadora: una desconexión humana que está empujando a las nuevas generaciones hacia un abismo de salud mental y deshumanización.
José de Jesús Gutiérrez, presidente de la Asociación Mexicana de Psicólogos, advierte que los niños, adolescentes y jóvenes de hoy enfrentan riesgos inéditos en la historia de la humanidad, enmarcados en una crisis global que se manifiesta en el incremento de suicidios, el aislamiento y la pérdida de proyectos de vida.
Esta degeneración social no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de décadas de presupuestos públicos insuficientes, políticas electoreras y un abandono sistemático de la estructura familiar como eje preventivo.
En México, el panorama es alarmante. Mientras la Organización Mundial de la Salud recomienda destinar al menos el 5% del gasto sanitario a la salud mental, el país apenas roza el 2%, con estados como Jalisco donde la inversión ni siquiera alcanza el 1%.

Esta carencia de infraestructura condena a los pacientes a un sistema de atención tardía y negligente; casos documentados revelan citas para ideación suicida programadas con más de un año de diferencia, una brecha temporal que, en la práctica, constituye una sentencia de muerte por falta de atención.
La consecuencia directa es que el 51% de los suicidios en el país ocurren entre adolescentes y jóvenes, una cifra que debería sacudir los cimientos de cualquier administración pública.
El deterioro de la convivencia humana ha dado paso a fenómenos como la "soledad no deseada" y a la aparición de ciudadanos que deambulan por las urbes como "zombis" o autómatas, viviendo en un presente primitivo sin conciencia del futuro.
Una alerta ante esta vulnerabilidad social es la denominada ’therians’, hoy justificada bajo el disfraz de moda o ’derecho’, y es que, la teriantropía clínica se presenta como un fenómeno complejo donde la frontera entre la patología psiquiátrica severa y la búsqueda de identidad social se desdibuja peligrosamente.
Desde una perspectiva clínica, los datos revelan que no se trata de una simple preferencia estética, sino de un síntoma arraigado en trastornos profundos como la psicosis, la depresión mayor o el trastorno bipolar, afectando mayoritariamente a hombres en edades tempranas y manifestándose frecuentemente a través de la figura del canino.

El modelo de "dos impactos" sugiere que existe una falla orgánica en la percepción corporal (cenestesiopatía) que, al combinarse con una vulnerabilidad en la formación de juicios, deriva en el delirio de transformación animal. Sin embargo, el fenómeno trasciende el hospital para insertarse en las nuevas generaciones como un mecanismo justificatorio de la falta de identidad sólida.
Al proponer un espectro que incluye a comunidades como los ’therians’ o ’furries’, se observa cómo individuos sin patologías necesariamente agudas adoptan estos rasgos como una narrativa de pertenencia o escape ante una realidad social fragmentada.
Aunque el síntoma de la transformación puede remitir con tratamiento en más de la mitad de los casos, la cronicidad de las enfermedades de base y el riesgo de conductas violentas subrayan que, detrás de la máscara animal, subyace un vacío existencial y una fragilidad psíquica que la sociedad contemporánea aún no logra integrar ni sanar adecuadamente.
Esta falta de rumbo se agrava por un sistema educativo que, aunque ha ganado en cobertura, ha fracasado estrepitosamente en calidad, dejando a los padres de familia sin herramientas ni capacitación para enfrentar los retos del siglo XXI.

La ausencia de políticas públicas que fortalezcan la dinámica familiar ha provocado que las sociedades de padres de familia, se reduzcan a ser gestoras de mantenimiento escolar, perdiendo su esencia como espacios de formación y acompañamiento psicopedagógico.
La investigación también revela una preocupante perversidad o ignorancia legislativa. En lugar de priorizar la salud mental como un derecho humano fundamental, las autoridades suelen legislar bajo presiones políticas o intereses electorales, disfrazando de "derechos" conductas que, desde el rigor científico, responden a trastornos o procesos evolutivos incompletos.
Esta laxitud normativa pone en riesgo la protección de los menores y desdibuja la responsabilidad social de formar ciudadanos comprometidos.
La deshumanización se extiende hasta la vejez; el abandono de adultos mayores en hospitales por parte de familias que replican ciclos de violencia es un síntoma de una sociedad que no ha sabido sanar sus vínculos más básicos.
Ante este entorno digital y social que despoja al individuo de su esencia pensante y lo orilla a comportamientos de riesgo, el llamado a la acción es urgente.
La salud mental no puede seguir siendo tratada como un servicio accesorio, sino como la columna vertebral de la seguridad y el desarrollo nacional.
Las familias, por su parte, deben asumir una responsabilidad activa: la capacitación y actualización constante ya no es opcional. Si los padres no dedican tiempo y esfuerzo consciente a la crianza en un mundo que ofrece peligros cada vez más sofisticados, se estará condenando a las próximas generaciones a una existencia vacía, carente de valores y principios fundamentales para la supervivencia colectiva.