El Tijeretazo Político
Joaquín Bojorges
El Senado mexicano volvió a convertirse en escenario de confrontación, esta vez protagonizado por Gerardo Fernández Noroña y Alejandro ’Alito’ Moreno. El altercado físico ocurrido el 27 de agosto en la Comisión Permanente no solo revela el desgaste institucional del debate parlamentario, sino también una contradicción que muchos ciudadanos ya no pasan por alto: la transformación del discurso cuando se cambia de trinchera.
Noroña, ahora presidente de la Comisión Permanente, denunció haber sido agredido mientras entonaba el Himno Nacional. Moreno lo acusó de haber iniciado el enfrentamiento y de romper acuerdos parlamentarios para silenciar a la oposición. Las versiones son opuestas, pero el patrón es familiar: cada partido convierte el incidente en munición para reforzar su narrativa. Morena habla de censura, el PRI de autoritarismo.
¿Qué cambió?
Lo que cambió no fue el tono del conflicto, sino el rol de sus protagonistas. Noroña, antes opositor combativo, hoy se presenta como víctima institucional. Pero su historial está marcado por confrontaciones verbales y físicas, por insultos a periodistas, por desplantes en tribuna. Su beligerancia fue celebrada como ’lucha’ cuando enfrentaba al poder. Hoy, desde el poder, la misma energía se denuncia como ’agresión’.
La narrativa en disputa
Este episodio no es aislado. Es parte de una dinámica más amplia donde la memoria selectiva se convierte en estrategia política. Se olvida lo dicho, lo hecho, lo justificado en nombre de la resistencia. Y se adopta un nuevo lenguaje, el de la legalidad, el de la institucionalidad, el de la víctima. Pero la ciudadanía recuerda. Y exige coherencia.
¿Qué nos dice esto sobre la política mexicana?
Que el poder no transforma a los políticos: los revela. Que la congruencia no se mide en cargos, sino en conducta. Que el discurso de lucha pierde legitimidad cuando se convierte en herramienta de censura. Y que la democracia no se defiende con golpes, sino con argumentos.
Este incidente entre Noroña y Moreno es más que una riña parlamentaria. Es un espejo. Un espejo que nos obliga a preguntarnos si estamos dispuestos a seguir tolerando la doble moral del poder. Porque si la confrontación es válida solo cuando se está abajo, y censurable cuando se está arriba, entonces no estamos hablando de principios, sino de conveniencias.
Otra mas de Noroña qyien pasó de la choza al chalet, aqui cabe la pregunta ¿Dónde quedó la austeridad?
La casa de 12 millones de pesos que Gerardo Fernández Noroña adquirió en Tepoztlán no es solo una propiedad privada: es un símbolo público. Un símbolo que interpela directamente los principios de la Cuarta Transformación, la narrativa de la austeridad republicana y la congruencia que se espera de quienes se autodenominan representantes del pueblo.
Durante años, Noroña fue el rostro de la disidencia. Se negó a pagar el IVA, denunció el derroche institucional y se enfrentó a los privilegios del poder con una retórica incendiaria. Hoy, desde una residencia de lujo con oficina independiente, jardín exuberante y camionetas Volvo en la cochera, su discurso suena menos a resistencia y más a reconciliación con los beneficios del sistema.
¿Es ilegal tener una casa de 12 millones? Claroque no. Pero, si es es éticamente cuestionable.
La ética pública no se mide solo en declaraciones patrimoniales, sino en coherencia. Cuando un político construye su capital simbólico sobre la austeridad, cada metro cuadrado de lujo erosiona la credibilidad de su causa. Y cuando ese político además preside la Comisión Permanente del Congreso, el impacto se multiplica: no es solo su reputación la que está en juego, sino la de todo un proyecto político.
Noroña ha respondido con sarcasmo: ’¿Tengo que vivir en una choza con piso de tierra para estar con el pueblo?’ No, pero tampoco puede vivir en una burbuja de privilegios mientras exige sacrificios a los demás. La congruencia no exige pobreza, exige límites. Límites que, en este caso, parecen haberse desdibujado.
En tiempos donde la ciudadanía exige transparencia, esta revelación no es menor. Es una oportunidad para repensar qué entendemos por ’estar con el pueblo’. ¿Es una postura ideológica o una práctica cotidiana? ¿Se mide en discursos o en decisiones concretas?
La casa de Noroña refleja el tipo de liderazgo que NO estamos dispuestos a tolerar. Y si no exigimos coherencia ahora, ¿cuándo? Hasta la próxima.